jueves, 27 de junio de 2013

Declaración de tristeza de S.




Nadie quiere tomar chocolate caliente con Sophie.

Ella sueña, pero no lo sabe. Dicen que no puede comprender lo que es soñar. Cree que todo lo que dibuja en su cabeza es real, así que sus recuerdos son de colores tan vivos que cada silencio con ella se llena de pequeñas campanitas que ríen en sus labios sin querer. Para ella lo irreal es lo que ve por la ventana a la hora en la que el mundo se despierta, porque cree que la ciudad duerme, y teme a los monstruos que encierran sin llave en sus armarios (sigue cerrando los ojos con una bombilla tenue iluminando su mesilla, como método preventivo). Qué tontería, me digo. Cualquier hombre del saco se enamoraría del brillo que irradia Sophie. Deberían asustarla las cientos de hormiguitas que corretean llevando muecas tristes de payaso en la corbata, pero sólo le preocupa que llueva y se mojen sus paraguas.

Así que no, prefiere no salir al gris de fuera. Por qué. Para qué. Con qué zapatos.

A veces, cuando todo está calmado, voy a verla dormir. Me gusta cómo tiembla su nariz al respirar, y muchas veces he escrito sobre la forma en la que se le enreda el pelo en los diminutos pendientes de brillantes, (el pelo le huele a champú de miel. Ella sonríe cuando lo acaricio, y me promete que seremos amigas para siempre. Aunque qué es prometer.) Le he dicho que sus ojos se merecen un nuevo tono de azul, porque es casi tan transparente como ella, como el hielo que se forma sobre los pétalos de las flores que bordean los caminos. No sabe que guarda toda la melancolía del mundo en las pupilas, (todo el mundo conoce los fijos ojos tristes de Sophie). Sus labios parecen fresas, pero tampoco sabe lo que es recoger fresas en Abril porque le da miedo viajar en coche. Piensa que soy valiente por encerrarme en una cápsula de hierro inerte que se mueve muy deprisa, sin notar el viento durante muchas horas. Casi parece que describe la forma en la que vivo. Confieso que muchas veces he querido parar el coche y quedarme quieta en el asfalto de alguna carretera solitaria, notar el calor del suelo, el viento viajando entre los arbustos, el paisaje en completo silencio. Cuando me siento en el suelo a mirar la niebla que disuelve el horizonte, no parece tan terrible soñar en colores y ser amigas para siempre. Sólo que el trigo acariciando el aire no es tan hermoso desde detrás del cristal (en el que le gusta dejar la huella de los dedos, porque tiene miedo de no dejar nada suyo en el mundo) pero es lo único que puede tener.

Dice que le gusta andar descalza por el pasillo hasta que el frío le hace cosquillas en los pies. Y yo pienso que es terrible que nadie le haya enseñado a bailar, porque la primavera atravesaría todas las estaciones para enredársele en los tobillos o en las floreadas medias blancas para ayudarla a dar vueltas sobre la moqueta. Su falda de gasa azul parece ondular y flotar en medio de la estancia, como si fuera una sirena del aire que no puede cesar de girar.

Hace meses que ya no lloro por ella, ni por su forma de cerrar los ojos al sonreír.
Lloro por el resto del universo.




Nunca se lo he dicho, pero creo que Sophie crea música con cada risa.

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