sábado, 5 de octubre de 2013
De los que llevan la sensibilidad al lado del ticket del parking.
Dejad de leer como si fuera a deciros de qué va el mundo,
porque si supiera qué hacer con lo que tengo,
lo juro
no sería ésto
lo que me gustaría explicaros
es que me he reído de mi padre sólo porque ni en su boda consiguió
que su vals pareciera algo que podría ser un vals,
de niña nunca me he subido a sus zapatos porque me caigo
ni mi madre ha tenido su baile lento en una noche estrellada
a 5 grados
pero oye
es de los que te coge por sorpresa en la cocina
y te da mil vueltas
hasta que casi te desmayas sobre sus brazos de puro susto
y resulta tan torpe moviéndose de un lado a otro al ritmo de Coque Malla
que bailar pegados no es bailar
si no te ríes
y nosotros sí que bailamos
quizás si somos unos egoístas
que miramos a ver cuánta propina dejan en la mesa de al lado
fingimos que no hemos oído la llamada
elegimos las fotos en las que no salimos tan mal
y permitimos el amor siempre y cuando nos trate bien
porque nadie nos ha dicho que éso no existe
pero luego
cogemos el folleto a la gente que los reparte por la calle
porque no sabemos decirles que no
y lo pasamos mal disimulando cuando lo tiramos
le sostenemos la puerta al señor de atrás
que la deja cerrarse en las narices del siguiente
pensando que es la última vez
mientras lo hacemos cada día
escuchamos a la gente cuando habla para que no se sientan mal
y casi nunca nos enteramos de qué dice
intentamos dejarle los platos más o menos ordenados al camarero
pero siempre ponemos mal los cubiertos
y andamos con la vista en el suelo
con miedo de cruzarnos en la mirada de alguien que busca a otra persona
joder
que no he perdido el tiempo
que me giré un momento y ya no estaba
imagínate cuánto nos mentimos a nosotros mismos
que ya hablamos por mensajes para no tener que oírnos
y aún así la gran mentira
es que nos crean
somos los que pensamos que los domingos son especiales
y miramos por la ventana, esperando algo
que siempre nos deja plantados
envidiando a la gente que vemos andar muy deprisa
en verdad no van a ninguna parte
pero no se paran para no darse cuenta
y las viejas de los portales no les saludan como a nosotros
ni les bendicen cuando les coges las bolsas del super
ojalá que nunca nos digan que somos buenas personas
no vaya a ser que lo seamos de verdad
y ya sea demasiado tarde
ay
dejad de hacerme caso
que sólo digo cosas serias
domingo, 15 de septiembre de 2013
Sé que os importa una mierda ésto, igual que a mí.
Habríamos sido la frase de amor más bonita si hubiéramos llegado a pronunciarla.
El pánico mudo me quiebra,
de la misma forma de la que se parte en dos una vulgar rama,
o el desecho del esplendor verdoso de la vida.
Me quiebra desde la sombra, inesperado,
profundo, atroz.
Lo noto ahí, en alguna parte entre tú y yo,
entre esos fantasmas que hemos sido, vagando escondidos,
temiendo cruzarnos, rozarnos tan sólo.
Encerrados en nosotros mismos, mientras fingíamos amar.
Ésas son nuestras sombras que he creado,
imágenes vagas que poder mantener alejadas de mí,
mientras respiraba el miedo.
Pero amigo, tú no puedes ser sombra,
ser el copo que cae en silencio sobre otro copo,
blanco entre un blanco más resplandeciente,
frío sobre el más puro hielo.
No, tú emerges de entre los susurros,
de lo oscuro,
abres los ojos y eres luz que arrastra al mundo consigo.
Separas los labios y gritas sin sonido,
oyendo tu grito resonar en mi pecho,
y paras, paras a observar cómo se extiende en mí,
como si el mundo entero también se detuviera a mirarme.
Y los pájaros quedan suspendidos en el aire, en el aleteo,
y las copas de los árboles dejan de ser mecidas con suavidad firme,
y los edificios quedan muertos entre sus paredes,
y los labios enmudecen esperando el aliento,
pero tú me observas.
Tu voz estalla en mis oídos y en mi piel,
enredándose entre los huecos olvidados de mis costillas,
y la noto clavarse al respirar mientras me ahogo,
sonando como el aullido de un perro que muere.
Hablas y te escucho, amigo,
como si pudieras salvarme de mí misma.
Me aferro a ti, aterrada de las sombras que me acechan,
del monstruo que emerge del armario vestido con mi ropa de algodón,
exigiendo más odio para avivar su odio.
Me aferro a ti, sabiendo que el dolor me encontrará en cualquier parte,
y te quiero.
Nos convierto en sombras de humo que no pueda encontrar la vida,
y cuando lo hace, amigo,
tú ya me amas, y es demasiado tarde,
porque la frase más hermosa del mundo muere en mi voz
cuando el más puro dolor hace nacer mi grito.
martes, 2 de julio de 2013
Hay una chica que se ríe sola en el último banco de la iglesia.
Cada vez que intento escribir bien, vivo mal.
Otra vez has puesto esos ojos que me obligan a sentarme de nuevo cómo lo haces, si ni siquiera te he mirado y a resumir en una sonrisa torcida el desastre de día que llevo teniendo desde hace muchos meses.
Bienvenido a la República Independiente de mi Infierno.
Junio sólo es la distancia que hay para vivir en julio. Y ninguna novia quiere casarse en julio por miedo a que los niños se acerquen corriendo a sus vestidos blancos
resulta que nos casamos desnudos hasta de colores
con helados de chocolate derretidos, porque prefieren un encaje antiguo en el escote antes que una inocencia prestada por un día que resulta ser una vida.
No quieren.
No
quieren.
Pero se casan y fingen no saber que el novio lleva una mancha de chocolate rojo en el cuello de la camisa, y apenas si me aguanto la risa porque he oído a la mujer del banco delantero decir que ella nunca se va a casar en agosto.
No sé qué hay de malo en ser animales sin corazón si ni siquiera lo usamos.
Yo por verano entiendo un paréntesis vacío que intentamos llenar de felicidad de oferta en la sección de congelados con trocitos de nueces. Y quien dice que entiendo, dice que ojalá supiera qué narices estoy haciendo.
Hace demasiado calor para enamorarnos, así que enciende la televisión y el aire acondicionado y deja de mirarme
deja de no mirarme
y busca alguien a quien pensar esta centena de días que no tenga tantas ganas de besarte e irse a la hora de cenar.
Tengo una lista de inspiraciones con dos nombres
que huelen a desodorante y a espuma
y
qué desastre.
Yo huelo igual.
Prometo que la señora que tengo delante le tiene más miedo a los dedos pringosos de los niños que al carmín de la rubia de la izquierda,
pero ella nunca se va a casar en agosto.
Y yo nunca voy a escribirte.
Otra vez has puesto esos ojos que me obligan a sentarme de nuevo cómo lo haces, si ni siquiera te he mirado y a resumir en una sonrisa torcida el desastre de día que llevo teniendo desde hace muchos meses.
Bienvenido a la República Independiente de mi Infierno.
Junio sólo es la distancia que hay para vivir en julio. Y ninguna novia quiere casarse en julio por miedo a que los niños se acerquen corriendo a sus vestidos blancos
resulta que nos casamos desnudos hasta de colores
con helados de chocolate derretidos, porque prefieren un encaje antiguo en el escote antes que una inocencia prestada por un día que resulta ser una vida.
No quieren.
No
quieren.
Pero se casan y fingen no saber que el novio lleva una mancha de chocolate rojo en el cuello de la camisa, y apenas si me aguanto la risa porque he oído a la mujer del banco delantero decir que ella nunca se va a casar en agosto.
No sé qué hay de malo en ser animales sin corazón si ni siquiera lo usamos.
Yo por verano entiendo un paréntesis vacío que intentamos llenar de felicidad de oferta en la sección de congelados con trocitos de nueces. Y quien dice que entiendo, dice que ojalá supiera qué narices estoy haciendo.
Hace demasiado calor para enamorarnos, así que enciende la televisión y el aire acondicionado y deja de mirarme
deja de no mirarme
y busca alguien a quien pensar esta centena de días que no tenga tantas ganas de besarte e irse a la hora de cenar.
Tengo una lista de inspiraciones con dos nombres
que huelen a desodorante y a espuma
y
qué desastre.
Yo huelo igual.
Prometo que la señora que tengo delante le tiene más miedo a los dedos pringosos de los niños que al carmín de la rubia de la izquierda,
pero ella nunca se va a casar en agosto.
Y yo nunca voy a escribirte.
sábado, 29 de junio de 2013
La diatriba de un loco es siempre sobre la cordura.
Entended que nunca os tome en serio cuando decís que os queréis morir
y al día siguiente estáis vivos.
El prólogo al diario de mi vida sería una sola palabra:
murió*.
(*aunque antes ensayó muchas veces.)
Se puede sonreír de tantas maneras distintas que ya he olvidado si en alguna era feliz,
o si era yo,
o el monstruo que guardo entre la ropa de algodón suave para que dé los buenos días los lunes,
y las buenas tardes los domingos;
o la muñeca de cera color crema que finge llorar con las películas de amor cuando está sola (siempre),
y huele a manzana cuando la queman;
o el trocito de reflejo que se cuela entre mis pestañas cuando cierro los ojos al lavarme los dientes,
y que mata.
Nunca se le puede preguntar a un loco el por qué lo está,
porque no lo está,
somos nosotros.
Tenemos tanto miedo a vivir como a morir, y por éso estamos tristes.
He aprendido que en vez de la felicidad, voy a buscarme a alguien que me permita escribir
y llorar
hasta desangrarme,
(aquí es cuando os dais cuenta de que he dicho lo mismo.),
que me muerda la alegría y el cuello,
y que devore las palabras pensando en la piel de mis clavículas,
porque no sé para qué voy a querer romperme por alguien que me quiera absolutamente.
Todos bailan y se pisan los pies,
y resulta que ahora la luna tiene más poetas que gatos,
que han aumentado las ruinas y los canales de Venecia según las últimas estadísticas,
-y Dámaso lleva toda una vida llorando por los cadáveres de Madrid,
cuando los que se están pudriendo son los vivos-.
Cada vez me da más vergüenza sufrir por miedo a ser como vosotros,
y tener que decir que sufro para sufrir mejor,
y qué asco.
Yo con el silencio me suicido mejor y más rápido,
y puedo seguir viviendo para morirme más veces
cada tres versos necesito recordarme que no me haces falta
y borro los pronombres personales de mis sueños.
Y es que la tristeza más bonita que he visto nunca
todavía no la he visto.
Todo lo que he aprendido del dolor, nunca entraba en los exámenes,
porque las respuestas a las preguntas siempre se decían en voz baja,
en una despedida,
en una nota a pie de página*
o
no
se
decían.
Dejad de querer decir que os habéis muerto
si ni siquiera sabéis lo que es estar viva por obligación
a otras personas.
*(vacía).
y al día siguiente estáis vivos.
El prólogo al diario de mi vida sería una sola palabra:
murió*.
(*aunque antes ensayó muchas veces.)
Se puede sonreír de tantas maneras distintas que ya he olvidado si en alguna era feliz,
o si era yo,
o el monstruo que guardo entre la ropa de algodón suave para que dé los buenos días los lunes,
y las buenas tardes los domingos;
o la muñeca de cera color crema que finge llorar con las películas de amor cuando está sola (siempre),
y huele a manzana cuando la queman;
o el trocito de reflejo que se cuela entre mis pestañas cuando cierro los ojos al lavarme los dientes,
y que mata.
Nunca se le puede preguntar a un loco el por qué lo está,
porque no lo está,
somos nosotros.
Tenemos tanto miedo a vivir como a morir, y por éso estamos tristes.
He aprendido que en vez de la felicidad, voy a buscarme a alguien que me permita escribir
y llorar
hasta desangrarme,
(aquí es cuando os dais cuenta de que he dicho lo mismo.),
que me muerda la alegría y el cuello,
y que devore las palabras pensando en la piel de mis clavículas,
porque no sé para qué voy a querer romperme por alguien que me quiera absolutamente.
Todos bailan y se pisan los pies,
y resulta que ahora la luna tiene más poetas que gatos,
que han aumentado las ruinas y los canales de Venecia según las últimas estadísticas,
-y Dámaso lleva toda una vida llorando por los cadáveres de Madrid,
cuando los que se están pudriendo son los vivos-.
Cada vez me da más vergüenza sufrir por miedo a ser como vosotros,
y tener que decir que sufro para sufrir mejor,
y qué asco.
Yo con el silencio me suicido mejor y más rápido,
y puedo seguir viviendo para morirme más veces
cada tres versos necesito recordarme que no me haces falta
y borro los pronombres personales de mis sueños.
Y es que la tristeza más bonita que he visto nunca
todavía no la he visto.
Todo lo que he aprendido del dolor, nunca entraba en los exámenes,
porque las respuestas a las preguntas siempre se decían en voz baja,
en una despedida,
en una nota a pie de página*
o
no
se
decían.
Dejad de querer decir que os habéis muerto
si ni siquiera sabéis lo que es estar viva por obligación
a otras personas.
*(vacía).
jueves, 27 de junio de 2013
Declaración de tristeza de S.
Nadie quiere tomar chocolate caliente con Sophie.
Ella sueña, pero no lo sabe. Dicen que no puede comprender lo que es soñar. Cree que todo lo que dibuja en su cabeza es real, así que sus recuerdos son de colores tan vivos que cada silencio con ella se llena de pequeñas campanitas que ríen en sus labios sin querer. Para ella lo irreal es lo que ve por la ventana a la hora en la que el mundo se despierta, porque cree que la ciudad duerme, y teme a los monstruos que encierran sin llave en sus armarios (sigue cerrando los ojos con una bombilla tenue iluminando su mesilla, como método preventivo). Qué tontería, me digo. Cualquier hombre del saco se enamoraría del brillo que irradia Sophie. Deberían asustarla las cientos de hormiguitas que corretean llevando muecas tristes de payaso en la corbata, pero sólo le preocupa que llueva y se mojen sus paraguas.
Así que no, prefiere no salir al gris de fuera. Por qué. Para qué. Con qué zapatos.
A veces, cuando todo está calmado, voy a verla dormir. Me gusta cómo tiembla su nariz al respirar, y muchas veces he escrito sobre la forma en la que se le enreda el pelo en los diminutos pendientes de brillantes, (el pelo le huele a champú de miel. Ella sonríe cuando lo acaricio, y me promete que seremos amigas para siempre. Aunque qué es prometer.) Le he dicho que sus ojos se merecen un nuevo tono de azul, porque es casi tan transparente como ella, como el hielo que se forma sobre los pétalos de las flores que bordean los caminos. No sabe que guarda toda la melancolía del mundo en las pupilas, (todo el mundo conoce los fijos ojos tristes de Sophie). Sus labios parecen fresas, pero tampoco sabe lo que es recoger fresas en Abril porque le da miedo viajar en coche. Piensa que soy valiente por encerrarme en una cápsula de hierro inerte que se mueve muy deprisa, sin notar el viento durante muchas horas. Casi parece que describe la forma en la que vivo. Confieso que muchas veces he querido parar el coche y quedarme quieta en el asfalto de alguna carretera solitaria, notar el calor del suelo, el viento viajando entre los arbustos, el paisaje en completo silencio. Cuando me siento en el suelo a mirar la niebla que disuelve el horizonte, no parece tan terrible soñar en colores y ser amigas para siempre. Sólo que el trigo acariciando el aire no es tan hermoso desde detrás del cristal (en el que le gusta dejar la huella de los dedos, porque tiene miedo de no dejar nada suyo en el mundo) pero es lo único que puede tener.
Dice que le gusta andar descalza por el pasillo hasta que el frío le hace cosquillas en los pies. Y yo pienso que es terrible que nadie le haya enseñado a bailar, porque la primavera atravesaría todas las estaciones para enredársele en los tobillos o en las floreadas medias blancas para ayudarla a dar vueltas sobre la moqueta. Su falda de gasa azul parece ondular y flotar en medio de la estancia, como si fuera una sirena del aire que no puede cesar de girar.
Hace meses que ya no lloro por ella, ni por su forma de cerrar los ojos al sonreír.
Lloro por el resto del universo.
Nunca se lo he dicho, pero creo que Sophie crea música con cada risa.
domingo, 9 de junio de 2013
El dolor tiene una poesía para él solo.
No existimos cuando queremos ser felices.
El mundo se sienta a oscuras en el suelo, con la espalda
podría recorrer con la punta de mis miedos cada vértebra
apoyada en las persianas bajadas, suplicando que no salga el sol.
Escucha cómo la luz mata cada una de mis tristezas,
o las entierra,
o las esconde.
Creo que sólo estamos muertos por el placer de llevarnos flores,
y olvidarnos de nosotros mismos en los aniversarios,
llorar un poco con las fotos antiguas,
desgarrar las sábanas
nadie quiere fingir dormir en la cama de un sonámbulo
y utilizarlas como vendas para los ojos,
hasta arrancárnoslas y escribir microcuentos de suicidio en ellas.
Están en blanco.
Y siguen sucias.
Mírame,
como si pudieras verme.
Hemos hablado de precipicios después del café frío,
y ahora que no me escuchas
(cierra las puertas antes de decir que siempre lo haces,
porque cuando parpadeas tienes fugas de mentiras en las sienes)
voy a gritar hasta romper el silencio
en cristales con los que pueda crear abismos rojos en mi piel,
hay una forma de estar callada que se parece a morir.
Si me quisieras no sería divertido quererte,
porque a qué ruina voy a escribir siendo feliz,
si éso existe.
(Tengo sin estrenar un abrigo destrozado
y creo que en el bolsillo derecho me he dejado
o me han dejado a mí
cuatro migajas de felicidad a medio quebrar,
y qué pena
que la ropa no me quite el frío.)
Puede que ese payaso de la esquina
tenga la sonrisa más vacía de todas.
Y qué envidia.
martes, 7 de mayo de 2013
Mereces que no te merezca.
Puede que lo que más me guste de ti sea que no eres feliz.
Tienes esa forma de fruncir el ceño,
como si quebraras tu frente en mil rayos
(y a ti te aterran las tormentas)
clavando la mirada en la pared
hasta hacerle daño.
En momentos como ése me gustaría pintarte de palabras
porque eres todo el dolor que quiere un poeta,
o alguien como yo,
y casi me avergüenza tener que arañarte
con los ojos,
para que me regales dos segundos
y
medio
latido
medio
latido
hasta que te canses de hundirte en mis pupilas,
o de que quiera que lo hagas.
Luego, tus mejillas vuelven a ser de piedra
y yo tardo varias vidas
en intentar que no me tiemble el mundo
ni las rodillas.
Me has obligado a dejarme conocer,
y tengo tanto miedo que podría correr
para olvidarme de mis pies y
de por qué huyo,
(pero tú seguirás sabiéndolo).
Tengo que intentar odiarte mucho
para no hacer de tu pecho
un refugio de emergencia
contra mí,
porque he leído en algún sitio
nosequé de la boca del lobo,
y se parece a ti cuando sonríes
porque oscureces el resto del universo que no llevas en los labios,
y ojalá que nunca descubras
que quizá soy yo quien te ha convertido en el lobo.
"¿Entiendes por qué no podía mantenerte cerca? Una vez comparaste mis
ojos con los agujeros negros más temblorosos que habías visto, y miles
de carámbanos me cruzaron la sonrisa para helar mis ganas de que
supieras que tienes demasiada razón. Puede, puede que hubiéramos sido
eternos durante un momento antes de que yo absorbiera cada estrella de
vida que llevas bajo la piel. Sabes que me gusta arder, pero no soy
capaz de sostener una cerilla encendida. No quería ver cómo te rompías
por estar destruyéndome yo. Empujé a otra galaxia al único Sol que había
conocido para no disolverlo en la oscuridad que me duerme por las
noches, y lo digo así, porque he escrito tantas páginas sobre la curva
de tus labios cuando miras al cielo, que he llegado a enamorarme de tu
amor al infinito. Perdóname por mantenerte a salvo; yo intentaré
perdonar al mundo por haber creado una nebulosa demasiado negra en tus
pupilas..."
Sé que tus acordes ya no llevan mi risa,
y no voy a exigirte que me devuelvas
toda esa colección de versos que te he regalado
y nunca te di.
Me conformo con que no preguntes
por qué estoy tan veladamente rota;
así no tendré que ir al infierno,
si es que hay uno peor que éste,
para pedirle a quien sea que esté ahí abajo,
(o aquí dentro)
que deje de volverte tan guapo cuando estás triste
por mí.
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