viernes, 5 de abril de 2013
Fuiste y fuimos poesía.
Ni te imaginas lo que me arrepiento de cambiar la poesía por tus ojos rojos. De preferir leer tus labios a los versos de Neruda; de cambiar el romper estrofas, por romper tu ropa.
O la utopía de perderme entre lineas por hacerlo entre tus sábanas.
Cambiar punto y coma por los puntos suspensivos del "te quiero".
Quizás no me arrepienta tanto; ¿para qué engañarnos? Jamás abandonamos la poesía.
En cada una de tus ojeras, siempre estuvo escondida.
En el hueco que pocas veces separaba nuestros labios; en los mordiscos en la cadera o el sabor de los besos de verano.
Siempre hubo poesía.
En cada mirada escondida tras pupilas rotas; cada latido que escuchamos marcaba el ritmo de nuestros propios versos.
Los pedazos en el suelo al rompernos juntos eran infinitamente mejor que cualquier poema de este mundo.
Fuimos grandes escritores que abandonaron a sus musas con el primer "te quiero" falso.
Pero jamás nos faltó poesía.
Así que al menos gracias. Gracias por la poesía.
jueves, 14 de marzo de 2013
El número 33 también sabe bailar.
Siento si se me cuela alguna
mentira,
pero nunca he conocido a nadie que
quisiera oírme llorar.
(Primera: yo
no lloro.)
Y reconoce
que tú no eres la excepción,
porque me has roto todas las
reglas,
tan rápidamente,
que todavía no he decidido en qué
cornisa
quiero dejar secando mi vida,
por si me da frío.
(Segunda: me
gusta el frío.)
No finjamos que no duele,
porque tú eres feliz,
creo,
y yo sueño,
(si se puede llamar soñar a un
desvelo
eterno)
que he aprendido a olvidarte,
de una forma tan absoluta
que puedo olvidar por qué necesito
hacerlo.
(Tercera:
no puedo)
Da igual,
tus pupilas me acompañan
en silencio,
como si flotaran entre las luces,
cuando me da miedo la oscuridad
que encuentro entre tanta gente,
y me sonríen llenas,
a punto
de desbordar versos.
(Cuarta: tus ojos gritan)
Pero yo no miento,
para qué.
Tú vas a seguir sin existir de
verdad,
a mí me gusta lo absurdo,
y juro solemnemente
que mi risa siempre vuela
si cierro los ojos
y pienso en el calor de tu hombro.
(Quinta: mi risa no tiene alas)
Así que lo siento,
llevo prisa.
Ya no me acuerdo de qué excusa te
he puesto,
pero llego tarde,
como siempre,
a todas partes,
y todavía no sé si puedo ir:
mi madre dice que no le gusta ese
barrio,
y me da vergüenza preguntar a ese
anciano
por qué calle me puedo perder más
rápido.
A lo mejor se equivoca,
y encuentro tu casa.
(Sexta: los
ancianos no se equivocan)
Pero dame un poco de tu tristeza
para el camino;
sí, de ésa que no tienes,
por si empieza a chispear
(sabes que me da miedo cerrar un
paragüas
por si me dejo dentro la lluvia).
Vale, luego hablamos.
O nunca.
Llevo una mala cobertura siempre en
el pecho.
Por si acaso, éste es mi número,
y no llames,
que me despiertas el corazón
y chilla.
(Séptima:
la lluvia la tengo en casa)
Tampoco es que me guste decir
adiós
pero es necesario,
y por eso me voy ahora,
para no decirlo.
Tú no vas a saber que ya no estoy
(nunca he estado)
ni que me he llevado el invierno
enredado en el pelo.
No me vas a echar de menos,
y yo tampoco
a
mí.
(Trigésima segunda: te quiero)
(Trigésima segunda: te quiero)
viernes, 8 de marzo de 2013
Se cisne.
Poesía es verte bailar,
sin dejar de hacerlo.
Aunque tu mirada cansada,
llueva porque no puedas más.
Notas tus huesos rompiéndose poco a poco,
y tus pies casi muertos,
pero no dejas de bailar.
Con cada movimiento,
desparece la niebla.
Y yo,
sintiéndome, no sé,
quisiera ser tus puntas, para bailar contigo.
Me encanta cuando bailas,
porque estás como preciosa,
estás como cisne.
Qué envidia,
quizá.
lunes, 4 de marzo de 2013
Sin embargo, eres.
No sé si has sospechado alguna vez que existes de una forma distinta a la usual.
-tú preguntarás qué forma es la correcta de existir,
y yo,
(que a día de hoy desconozco cómo funciona la luna)
tendré que morderme los labios
para no contarte todavía que eres musa de cada tachón en el papel.
O para no besarte.-
Así que si algún día
(de ésos en los que estoy a punto de llover)
bailas,
por favor,
no mires cómo la primavera cruza cada estación para enredarse en tus tobillos,
y te hace acariciar descalzo la moqueta.
No.
Déjame primero escribirte mientras existes,
para no perdernos
Luego te enseñaré a morder la música,
y me harás latir por un rato.
lunes, 25 de febrero de 2013
Neftalina
Amigo mío:
(¿Podré todavía llamarte amigo? No sé. Tu
número sigue en mi memoria para casos de emergencia, pero ya nadie me ayuda a
decidir si los lunes sin tu piel pueden considerarse
crisis.)
Ayer llovió. Sé que no te gustan los días
lluviosos porque el gris te parece un color melancólico, y tú necesitas siempre
seguridad bajo esa apariencia despreocupada y ruda que intentabas mantener
cuando hablabas conmigo. Recordé que a veces, mientras te veía perder la mirada
en la lluvia, tus pupilas llegaban a parecer de plata viva. Nunca te lo dije,
porque quería tu nostalgia oculta sólo para mí. Es extraño cómo el agua encharca
las calles de la misma forma que nos encharca los recuerdos, que ahora acaricio
con miedo a que se disuelvan y me hagan creer que nunca te vi morderte el labio
al hablar de música. Me río cuando pienso en cómo enrojecían tus orejas al
discutir, cuando intentabas que tu rock y tu dancehall sonaran antes que mi rap
y mis canciones preferidas de jazz. En momentos como ése tus brazos zanjaban la
cuestión rodeando mi cintura desde atrás, (tu voz en mi oído ha sido tu mayor
composición). Aún así, mientras dormías te tarareaba en voz baja a Louis
Armstrong para vengarme, y si alguna vez te diste cuenta, nunca lo supe. Me
gustabas más pensando que me escuchabas en silencio desafinar sobre tu
pelo.
¿Tu ropa sigue oliendo a mi perfume barato? De
él ya tan sólo quedan unas pocas gotas. No me atrevo a gastarlo ni a comprarlo
de nuevo; puede que esté destinada a encontrar otro olor que hacer mío, ya que
ése se ha adherido a tu recuerdo. Mientras, me limito a mirar de reojo el poso
de la fragancia que buscábamos cuando alguien pasaba por nuestro lado. ¿Vuelves
a tener unos ojos que querer encontrar entre la gente? Una parte de mí se
resiste a no tener derecho a que se me anude el pecho cuando una chaqueta parece
la tuya. La otra espera que alguien pueda calentar tus dedos en su mejilla,
porque no te gusta la sensación de muerte en las manos. Hace tiempo hallé un
brillo en los ojos parecido al de los tuyos y le escribí algunas páginas,
pero no llegué a dedicarle un perfume.
Cuando te extraño demasiado, recupero a Neruda
de la estantería. Recito bajo el agua caliente su Canción Desesperada, porque
sus Veinte poemas ya no hacen cosquillas como cuando los musitaba con la taza de
café apoyada en los labios, mientras te veía guiñar los ojos con los primeros
rayos de sol. Tampoco quiero recordar cómo decías que tu camisa era arte cuando
la llevaba puesta yo por las mañanas, y me hacías regresar a la cama a base de
mordiscos en los hombros y promesas sobre dormir hasta que se apagara el mundo.
El tacto de tus calcetines sobre mis piernas todavía consigue protegerme de los
monstruos, pero no de mí.
Pero ambos sabemos que tú ya no creas otros
universos paralelos donde puedes besarme de mil formas distintas sin abrir los
ojos. Ya no puedo respirar tranquila llamándote amigo, ni vas a volver a hacer
bailar a cada una de mis terminaciones nerviosas con un simple roce bajo la
mesa. Sería demasiado fácil contarte que te he olvidado, porque jamás has sabido
encontrar una mentira si te la regalo riendo.
Déjame,
amigo,
hoy quiero estar triste
sin ti.
domingo, 24 de febrero de 2013
Como si no fueras musa.
Su tristeza era
lluvia.
Decían que la
lluvia sólo alegraba a los locos
-pero quién no
iba a estarlo;
ella llevaba
zapatos grises y sonrisa de poeta-
aunque nosotros
jamás
(y, quien dice
jamás dice
todo el tiempo
que se te enreda en el pelo los domingos)
hemos sabido
comprender un paragüas.
Venecia nunca
te gustó inundada,
y a
veces,
entre el
tintineo de las copas contra la encimera,
se te escapaban
por los labios las luces que robas a París,
buscando
iluminar la oscuridad que,
-disculpa si
susurro, pero el vecino nos mira-
somos.
Me acostumbré a
verlas correr,
como si
persiguieran cometas de sombras
(las
mías)
por tus pómulos
de faraón tardío.
No te dije que
las robé para escribir versos,
y fuiste magia en
asonante,
porque tus lágrimas forman el Nilo,
pero con
más cauce.
¿Todavía, tras
tanto tiempo,
a
oscuras,
quieres
bailar?
He huido muchas
veces, muchas,
pero siempre se
me tropiezan los pies,
de esa forma
ridícula de payaso mudo,
con alguna
esquina de tu piel de nieve,
-hace años que
finjo
que no soy yo
quien nieva-
y me escuchas
despotricar contra el mundo,
sin apenas
inmutarte,
como si de
verdad emitiera algún sonido.
No me conoces,
pero casi,
y éso basta
para que te regale el otoño envuelto en periódico,
por si se
rompe,
porque yo sí sé
que te gustan las manchas de tinta sobre cada objeto,
(te cuentan
historias cuando duermes, y yo
no
duermo.)
Así que no
preguntes,
deja de mirar
por la ventana y vístete,
de
alegría,
o se nos va a
hacer tarde para quedarnos en casa,
oyendo cómo las
nubes golpean con timidez el cristal.
Déjalas,
no
estamos.
La tormenta se
acerca, pero tú quieres ver cómo el cielo,
un
caleidoscopio de rayos,
te electrifica
el pecho.
El mundo parece
existir febril durante unos instantes,
y pequeñas
hormigas con corbata empapada,
intentan poner
a salvo su desesperanza,
para el
invierno.
No sé si
recuerdas que una vez dije
que a veces yo
también tenía miedo de andar descalza,
por si no puedo
correr lo bastante rápido,
-tú preguntaste
hacia dónde,
y con boca de
hormiga, yo
respondí que a
casa-
Han pasado
años, y reconozco que no sé de qué casa hablo.
Sin embargo, he
pisado charcos en calcetines,
porque me
dijeron que era de locos,
y quiero que
sepas que quiero tu tristeza.
Ven,
a mí sí me
gusta que llueva
sábado, 12 de enero de 2013
Recuerdo aun el primer día cuando entre a un conservatorio, parece que fue ayer. Tenía 8 años, y me encontraba rodeada de niñas de mi misma edad en una habitación con el suelo de madera, un enorme cristal que ocupaba una pared entera y como una barandilla enorme, desde entonces he ido creciendo en esa habitación y con el mismo ambiente. He tenido que ver como compañeras se quedaban atras, he tenido que soportar ser la peor de la clase y también la mejor con escedencia, y también, he tenido que decir adiós a personas que en sus tiempos marcaron mi vida, tanto como compañeras como profesoras.
He sentido las lagrimas cayendo sin poder reprimirlas por agotamiento, y he sonreido sin quererlo, he visto como mi mundo se me echaba encima cuando tenía que subir a una tarima a exponer lo que llevaba años aprendiendo en 5 minutos a 5 profesores y con el unico acompañamiento de mi profesor de piano, pero también he dado un paso subiendo a esa tarima cada año.
He aprendido a caerme, y a levantarme, a caerme de nuevo pensado que no podía levantarme y conseguirlo, y cuando pensaba que ya no me la podía pegar mas fuerte contra el suelo, me volvía a caer.
Desde que tengo memoria, mi cabeza lleva grabada con sangre y lágrimas la misma frase: Talón, punta, talón. He tenido una frase que es la que me ha ayudado a continuar que ha sido: "Si nadie te dice que es imposible, lo conseguiras, así que, que le den a esas personas que digan que es imposible." También he aprendido a sudar en una habitación con la frase: "Cuanto mas se suda en el entrenamiento, menos se sangra en la actuación."
He sentido como mis piernas no ponían más y algunos tendones se desgarraban por si solos, dejando mi vida durante un año aparcada en la calle del olvido teniendo que retomar después de una escayola y reabilitaciónes.
Me he mirado en el espejo haciendo cosas imposibles para mi y viendo como me caían lágrimas de sufrimiento mientras sonreía porque, yo puedo conseguir todo lo que me proponga. He sentido que volaba, cuando en realidad solo me estaba cogiendo un compañero y me estaba alzando hacía arriba.
He bailado con todo el rencor y enfado que se puede tener en las venas, creyendo que no lo conseguiría y consiguiendolo.
Aun las recuerdo a ellas, a mi vida:
Tengo tatuado a fuego en la cabeza cuando después de meses lo conseguí:
Y después de 8 años, me sigo haciendo la misma pregunta "¿Como podre dejarlo algun dia?"
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